Va a llegar un bebé: cómo preparar al perro
Ni hay que regalar al perro ni vale con cruzar los dedos. Lo que funciona es preparar los cambios con meses de antelación, para que el bebé no sea el motivo por el que su vida empeora.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
La idea de fondo: que el bebé no sea la mala noticia
Desde el punto de vista del perro, lo que va a pasar es esto: aparece un ser que huele raro, hace ruidos agudos, ocupa todo el tiempo de sus personas y, de repente, él pasa a molestar, a tener menos paseos y a que le echen de las habitaciones donde antes entraba. Si todos esos cambios llegan a la vez que el bebé, el perro los asocia con el bebé, y ahí empiezan los problemas. La estrategia entera consiste en desacoplar las dos cosas: hacer todos los cambios meses antes, para que cuando el bebé llegue, la vida del perro ya sea la nueva, y lo único que traiga el bebé sean cosas buenas. Es un trabajo de planificación más que de adiestramiento, y por eso se empieza en el embarazo y no en la maternidad.
Durante el embarazo: los cambios de rutina
Haz ahora la lista de lo que va a cambiar y aplícalo ya. Si el perro va a dejar de dormir en vuestra habitación, múdalo ahora, no la semana del parto. Si la habitación del bebé va a estar vedada, ciérrala ya y enséñale a quedarse en el umbral. Si los paseos van a ser a otras horas o más cortos algunos días, empieza a variar los horarios para que la rutina deje de ser rígida. Si va a pasear con alguien distinto, que empiece a hacerlo. Si lo vais a dejar más rato solo, entrénalo en dosis pequeñas. Todo esto, hecho con dos o tres meses de margen, es aburrido; hecho el mismo día que llegáis del hospital, es un perro desconcertado en el peor momento posible.
Las órdenes que de verdad hacen falta
No hace falta un perro de exhibición, hacen falta cuatro cosas prácticas. Que sepa quedarse en su sitio cuando se le pide, porque vas a necesitar tener las manos libres. Que suelte lo que tiene en la boca a la primera, porque los chupetes y los peluches acaban en el suelo. Que no salte encima, especialmente cuando llevas al bebé en brazos. Y que se aleje de una zona cuando se lo indicas, sin gritos. Si alguna de esas cuatro no la tiene, este es el momento de trabajarla, con tiempo y en positivo. También ayuda enseñarle a estar tranquilo en una zona concreta con algo que masticar: durante los primeros meses vas a usar ese recurso muchísimo.
Ruidos y olores: llegar entrenado
Los llantos de bebé son un sonido muy particular y muchos perros reaccionan con inquietud la primera vez. Se puede entrenar con antelación: pon grabaciones de llanto a volumen muy bajo mientras el perro hace algo agradable, come o recibe caricias, y sube el volumen a lo largo de semanas sin que llegue a inquietarse. Lo mismo con el sonido de una cuna mecedora, de un móvil musical o de un sacaleches. Con los olores, aprovecha los días de hospital: que alguien lleve a casa una prenda usada del bebé y deje que el perro la huela con calma, sin excitación y sin convertirlo en un acontecimiento. Cuando el bebé llegue, ya no será un desconocido absoluto, sino algo que ya había olido.
El día de la llegada
Que el primer encuentro no sea un caos. Lo ideal es que alguien saque al perro a un paseo largo justo antes, para que llegue cansado. Que la madre entre primero sin el bebé y salude al perro con normalidad, porque llevan días sin verse y esa alegría conviene despacharla aparte. Después entra el bebé, en brazos, y el perro puede acercarse a olfatear desde una distancia prudente, con correa floja y sin que nadie le sujete la cabeza ni lo empuje. Unos segundos, premio, y a otra cosa. Lo que no hay que hacer es la escena de acercar al bebé a la cara del perro para la foto: es innecesaria, es incómoda para los dos y es exactamente donde ocurren los accidentes que salen en las noticias.
Las normas que no se negocian
Hay tres y son absolutas. Primera: nunca se deja al perro y al bebé solos en la misma habitación, ni un minuto, ni aunque el perro sea un santo, ni aunque el bebé esté dormido. No es desconfianza, es que un perro puede hacer daño sin intención al saltar o al apoyarse. Segunda: el perro no sube a la cuna, al capazo ni al cambiador, y eso se establece desde el primer día con puertas cerradas y barreras, no con regañinas. Tercera: el perro tiene un sitio suyo donde nadie le molesta, y cuando esté ahí, se le deja en paz. Ese tercer punto parece menor y es el que evita la mayoría de los gruñidos: un perro que sabe que tiene un refugio no necesita defenderse en ningún otro sitio.
Lo que significa un gruñido
Si el perro gruñe alguna vez, la reacción instintiva es reñirle, y es justo lo contrario de lo que hay que hacer. Un gruñido es una advertencia, y una advertencia es información valiosísima: el perro está diciendo «esto me incomoda» antes de hacer nada. Si castigas el gruñido, lo que consigues es un perro que se salta el aviso y pasa directamente al siguiente paso. Lo correcto es tomárselo en serio: retirar al perro de esa situación sin drama, apuntar qué estaba pasando exactamente, y modificar el entorno para que no se repita. Y si hay gruñidos recurrentes hacia el bebé o hacia la zona del bebé, eso es motivo para llamar a un profesional ya, no para esperar a ver. Con un bebé en casa, el margen de error es cero.
Cuando el bebé empieza a moverse
Mucha gente pasa bien los primeros meses y se relaja, y entonces llega la fase realmente delicada: el gateo. Un bebé que se desplaza, que agarra, que tira del pelo y que se acerca a la cara del perro es una situación mucho más exigente que un recién nacido inmóvil. A partir de ahí hacen falta barreras físicas de verdad —puertas de seguridad, parques— que permitan que los dos estén en la misma casa sin estar al alcance. Y empieza el trabajo con el niño: enseñarle desde que entiende que al perro no se le molesta cuando come ni cuando duerme, que no se le abraza por el cuello y que no se le persigue. Esa educación del niño es tan importante como la del perro y suele descuidarse.
No le quites lo que necesita
El error más común y más silencioso: los paseos se acortan, el juego desaparece, nadie le hace caso y el perro pasa de ser el centro de la casa a ser un mueble. Y un perro aburrido, sin ejercicio y sin atención empieza a hacer cosas para conseguirla, o simplemente se apaga. No hace falta mantener el ritmo de antes, que sería irreal, pero sí garantizar un mínimo: paseos de verdad aunque sean más cortos, diez minutos de juego o de olfato al día y algo de atención exclusiva. Si no llegáis, esta es una de las situaciones en las que pagar a alguien que lo pasee unos días a la semana es dinero bien gastado, y sale mucho más barato que un problema de conducta a los seis meses.
Cuándo pedir ayuda
Hay señales que no deben esperar: gruñidos hacia el bebé, rigidez corporal y mirada fija cuando el bebé se mueve, intentos de interponerse entre el bebé y alguien, o un perro que empieza a esconderse y a evitar constantemente. También un cambio brusco de conducta, como empezar a hacer sus cosas en casa o a destrozar objetos, que suele indicar estrés. En cualquiera de esos casos, un veterinario etólogo o un educador con formación en conducta es la llamada correcta, y cuanto antes mejor: los problemas de este tipo se resuelven bien cuando son pequeños y muy mal cuando llevan meses consolidándose. Y mientras tanto, barreras físicas, que no son un fracaso sino una herramienta.
La parte buena, que también existe
Con todo lo anterior hecho, la convivencia entre un perro y un niño es una de las mejores cosas que se pueden dar en una casa. Hay bastante evidencia de que crecer con animales se asocia con menos alergias respiratorias, y lo que se ve a diario es más sencillo: niños que aprenden pronto a leer señales, a respetar a otro ser vivo y a hacerse responsables de algo. El perro no es un peluche ni un peligro: es un miembro de la familia con sus necesidades, y enseñar eso a un niño desde el principio es media educación hecha. Lo único que hace falta es que los adultos pongan las condiciones para que ninguno de los dos tenga que aprender a base de sustos.
Haz todos los cambios de rutina meses antes, para que el bebé no sea el motivo por el que su vida empeora. Nunca solos en la misma habitación, un refugio propio para el perro, y un gruñido no se castiga: se escucha.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.