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28 de septiembre de 2026 · 8 min de lectura

Que venga cuando lo llamas: la orden que salva vidas

Casi todo el mundo tiene un perro que viene cuando no hay nada interesante alrededor. La llamada de verdad es la que funciona con un gato cruzando, y esa se construye de otra manera.

Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web

Por qué esta orden es distinta a las demás

Que se siente, que dé la pata o que no suba al sofá son comodidades. La llamada es seguridad: es lo que separa a un perro que ve un conejo al otro lado de la carretera de un perro atropellado. Por eso merece más trabajo que todo lo demás junto y por eso no se puede entrenar a medias. Y por eso, sobre todo, tiene una regla que no admite excepción: venir a tu lado siempre, sin excepción, tiene que ser la mejor decisión de su vida. En cuanto venir empieza a significar a veces que se acaba el paseo, que le pones la correa, que le riñes o que le bañas, el perro hace su cuenta y deja de venir. No porque sea desobediente, sino porque ha aprendido exactamente lo que le has enseñado.

La palabra: elige una nueva

Si tu perro ya ignora su nombre o el «ven» de siempre, no insistas con ellos: esa palabra está quemada, porque la has repetido cientos de veces sin consecuencia. Elige una palabra nueva y exclusiva para esto, algo que no uses en la conversación normal: «aquí», «conmigo», un silbido concreto. Esa palabra se convierte en sagrada: solo se dice cuando vas a poder reforzarla, solo se dice una vez y nunca se usa para nada desagradable. Un silbato tiene una ventaja notable sobre la voz: suena siempre igual, llega más lejos y no transmite tu enfado cuando estás harto de gritar. Mucha gente que trabaja con perros de caza o de rescate lo usa justo por eso.

Cómo se enseña desde cero

Empieza en casa, sin distracciones. Di la palabra una sola vez, y en cuanto el perro gire la cabeza hacia ti, celébralo con voz alegre y dale premio cuando llegue. Repítelo en sesiones cortas, de dos o tres minutos, varias veces al día. Cuando funcione en casa, pasa al pasillo, luego al portal, luego a un parque vacío, luego a un parque con gente a lo lejos. Cada salto de dificultad es un escalón nuevo: si falla, has subido demasiado rápido y hay que bajar uno. El error clásico es entrenarlo tres días en el salón y probarlo directamente en el campo con otros perros. Eso no es una prueba, es una garantía de fracaso, y encima le enseña que la palabra se puede ignorar.

El premio no puede ser cualquier cosa

Estás compitiendo contra un rastro, contra otro perro, contra un niño con un bocadillo. Tu pienso normal no gana esa competición. Para la llamada se reserva lo mejor que tengas: pollo cocido, salchicha, queso, hígado deshidratado. Y no un trocito: una fiesta de varios trocitos seguidos, uno detrás de otro, que dura unos segundos y lo deja pensando que aquello ha sido un acontecimiento. A algunos perros les motiva más el juego que la comida, y entonces el premio es la pelota o un tira y afloja de treinta segundos. Lo importante es que sea algo que él valore muchísimo y que solo aparezca aquí. Si el premio de venir es el mismo que el de sentarse, venir vale lo mismo que sentarse.

Los cuatro errores que lo estropean todo

Uno: llamarlo para algo que no le gusta. Si le llamas y le pones la correa para irte a casa, la llamada pasa a significar fin de la diversión. Solución: llámalo muchas veces durante el paseo solo para premiarlo y soltarlo otra vez, de modo que venir sea casi siempre algo bueno y sin consecuencias. Dos: repetir la palabra. «Luna, Luna, LUNA, ¡LUNA!» le enseña que la primera vez no cuenta. Se dice una vez. Tres: regañarlo cuando por fin llega, aunque haya tardado cinco minutos. Desde su punto de vista le estás castigando por venir, y la próxima vez tardará más. Cuatro: llamarlo cuando sabes que no va a venir, y quedarte sin hacer nada. Cada llamada ignorada debilita la orden.

La correa larga, la herramienta que más ayuda

Una correa de cinco o diez metros, atada a un arnés y no al collar, permite entrenar en sitios abiertos sin arriesgar nada y sin permitir que el perro te ignore. No es para tirar de él: es para que la opción de salir corriendo no exista. Llamas, y si viene, fiesta; si no viene, te acercas tranquilamente hasta él recogiendo cuerda, sin enfado, y vuelves a empezar más cerca o con menos distracción. Con unas semanas de esto, la mayoría de los perros llegan a un punto en que la correa está flácida todo el rato y ya solo es un seguro. Ese es el momento de empezar a soltar en sitios seguros, y no antes. Soltar a un perro que aún no viene con correa larga es delegar en la suerte.

Cuándo soltarlo de verdad

Cuando responda de forma fiable con distracciones equivalentes a las del sitio donde piensas soltarlo, y en un lugar donde un fallo no sea grave: sin carreteras cerca, sin ganado, sin acantilados. Muchas razas, además, tienen la llamada cuesta arriba por su propia historia: un Beagle siguiendo un rastro o un galgo persiguiendo algo que se mueve entran en un estado en el que literalmente no te oyen. Con esos perros, la honestidad es parte de la seguridad: se trabaja la llamada igual, pero se asume que hay contextos en los que no se sueltan, y no pasa nada. Hay perros que viven felices sin ir nunca sueltos fuera de zonas valladas, y es mejor eso que un accidente.

Mantenerla viva

La llamada no se enseña una vez y ya está: se mantiene. Un perro que lleva un año viniendo perfectamente empieza a fallar si dejas de premiar del todo, sobre todo cuando entra en la adolescencia, entre los seis y los dieciocho meses, que es cuando muchos perros parecen olvidar lo aprendido. Sigue premiando de forma imprevisible toda su vida: unas veces comida, otras juego, otras solo una fiesta enorme. Y de vez en cuando, haz una llamada fácil solo para poder pagar bien. Piensa que estás manteniendo el saldo de una cuenta: cada llamada premiada ingresa, cada llamada ignorada o mal pagada retira, y el día que la necesites de verdad vas a querer que la cuenta esté llena.

Cómo recuperarla si ya está estropeada

Si tu perro ya te ignora, lo primero es dejar de usar la palabra vieja, que solo confirma el problema. Empiezas de cero con una palabra nueva y con correa larga, como si fuera un cachorro, y durante unas semanas no le das ninguna oportunidad de ignorarte: sin sueltas en sitios difíciles, sin llamadas que no puedas reforzar. En paralelo, revisa qué está ganando él por no venir. Si soltarlo significa una hora de libertad y venir significa que se acaba, tu oferta es mala. Cambia el trato: llámalo veinte veces por paseo, paga bien y suéltalo de nuevo cada una de esas veces. Cuando venir deje de ser el final de la fiesta, la llamada vuelve mucho antes de lo que parece.

Y cuando se escapa igualmente

Va a pasar alguna vez, y conviene tener decidido de antemano qué hacer, porque el impulso natural es el peor. Correr detrás de él es, para casi cualquier perro, una invitación a seguir corriendo: has empezado un juego estupendo. Lo que funciona es lo contrario, y cuesta hacerlo: date la vuelta y aléjate en dirección opuesta, llamándole con voz alegre, o incluso échate al suelo y finge interés absoluto por algo que hay en la hierba. Un número sorprendente de perros vuelve por pura curiosidad. Si hay carretera de por medio, la prioridad deja de ser recuperarlo y pasa a ser no provocar una carrera hacia ella: quedarse quieto y llamarle con calma es más seguro que cualquier persecución. Y cuando vuelva, por muy harto que estés, fiesta. Regañarle entonces le enseña que volver tiene castigo, y la próxima vez tardará más o no volverá.

Lo que hay detrás de todo esto

La llamada es, en el fondo, un termómetro de la relación. Un perro viene porque ir contigo le compensa, no porque le debas obediencia. Los perros que mejor vuelven no son los más entrenados, son aquellos para los que su persona es el sitio donde pasan cosas buenas. Eso se construye en el día a día, no en la sesión de entrenamiento: jugando con él en el paseo en vez de mirar el móvil, cambiando de dirección para que tenga que estar pendiente, haciéndote interesante. Un perro que te mira cada poco por su cuenta ya tiene media llamada hecha. Y un perro que pasea contigo como quien pasea con un poste no va a volver corriendo por mucho que grites.

Lo que importa

Palabra nueva, dicha una sola vez, pagada siempre con lo mejor que tengas, y nunca usada para algo desagradable. Correa larga hasta que sea fiable, y con perros de rastro o de vista, asumir que hay sitios donde no se sueltan.

Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.

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