Convivir con niños y con otros animales
Casi todos los incidentes entre perros y niños son evitables, y casi ninguno ocurre sin aviso. Las reglas que funcionan y las presentaciones que salen bien.
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Las tres reglas con niños
Nunca solos en la misma habitación, por bueno que sea el perro y por mayor que sea el niño pequeño. El perro tiene un sitio propio donde nadie le molesta, y cuando está ahí, se le deja. Y al perro no se le abraza por el cuello, no se le monta, no se le despierta y no se le molesta mientras come. Esas tres reglas, aplicadas sin excepciones, evitan la inmensa mayoría de los problemas. Y las tres dependen de los adultos, no del perro ni del niño.
Aprender a leerle
Un perro incómodo avisa mucho antes de gruñir: aparta la mirada, se relame, bosteza fuera de contexto, se queda rígido, enseña el blanco del ojo, se aleja. Enseñar a los niños a reconocer esas señales, y a respetarlas, es más eficaz que cualquier prohibición. Y si un perro gruñe, jamás se le castiga por ello: un gruñido es información valiosa, y un perro al que se le castiga por avisar aprende a no avisar, que es exactamente lo peligroso.
Presentar un perro a otro perro
En territorio neutro, nunca dentro de casa del que ya vive allí. Los dos con correa pero floja, paseando en paralelo a distancia, sin obligarles a saludarse de frente. Si el lenguaje corporal es relajado, se permite un acercamiento breve en curva y se separa antes de que se tense. En casa, al principio cada uno con sus cosas: comederos separados, camas separadas, juguetes recogidos, y ratos de separación con puertas o barreras. La convivencia se construye en semanas, no en una tarde.
Con un gato
Paciencia y arquitectura. El gato necesita rutas de escape en alto y una zona donde el perro no entre, incluidos su comedero y su arenero. Las primeras semanas se hacen con el perro con correa dentro de casa y con intercambio de olores antes de cualquier encuentro visual. Se premia al perro por ignorar al gato, no por mirarlo. Y conviene ser realista: hay razas con un instinto de persecución muy alto en las que la convivencia requiere mucho más trabajo y a veces separación permanente.
Lo que no se improvisa
Si va a llegar un bebé, los cambios de rutina del perro se hacen meses antes, no la semana del parto, para que el bebé no sea el motivo por el que su vida empeora. Y si en algún momento hay gruñidos hacia un niño, rigidez cuando se acerca o el perro empieza a esconderse, eso no se resuelve con paciencia: se llama a un profesional, y mientras tanto se separan físicamente.
Nunca solos, un refugio propio para el perro y prohibido molestarle cuando come o duerme. Enséñale al niño a leer las señales, y si el perro gruñe, escúchalo en vez de castigarlo.