Cortarle las uñas sin pelea: el arte de que se deje
Las uñas largas cambian cómo apoya el perro y acaban afectando a sus articulaciones. Y la mayoría de los perros que no se dejan cortar no es por las uñas: es por cómo se les enseñó.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
Por qué las uñas largas son un problema real
No es estética. Una uña que toca el suelo empuja el dedo hacia atrás en cada paso y desplaza el apoyo de toda la pata, lo que con el tiempo altera la postura y carga articulaciones que no deberían soportar ese trabajo. En perros mayores o con artrosis, es una de esas pequeñas cosas que marcan diferencia. Además, las uñas muy largas se enganchan y se parten, a veces de raíz, lo que duele muchísimo y sangra bastante; y los espolones, esos dedos que no tocan el suelo, pueden crecer en círculo hasta clavarse en la almohadilla si nadie los mira. La referencia práctica es sencilla: si oyes las uñas repiquetear cuando camina por baldosa, están largas.
Dónde está el vaso y por qué da tanto miedo
Dentro de cada uña hay un tejido vivo con vaso sanguíneo y nervio, que en las uñas claras se ve como una zona rosada y en las oscuras no se ve en absoluto. Cortarlo duele y sangra, y una sola experiencia así basta para que muchos perros no vuelvan a dejarse. En uñas claras se corta dejando un par de milímetros antes del rosa. En uñas oscuras, el truco es ir dando cortes muy pequeños y mirar la superficie cortada: cuando en el centro aparece un punto oscuro o húmedo, se para, porque el vaso está justo detrás. Es más lento y mucho más seguro que intentar calcularlo. Y ante la duda, siempre menos: puedes volver a cortar la semana que viene.
Cortar poco y a menudo
Hay un detalle anatómico que lo cambia todo: el vaso crece con la uña. En un perro con las uñas muy largas, el vaso también está largo, y por eso no se puede dejar corto de una vez. La forma de recuperar unas uñas descuidadas es cortar un poquito cada semana o cada diez días; al hacerlo, el vaso se va retrayendo poco a poco y permite acortar más en cada sesión. En unas semanas se llega a la longitud correcta sin dolor. Hacerlo de golpe es la otra opción, pero implica sangrado y un perro que no olvida. Y una vez conseguida la longitud buena, mantener con un corte cada tres o cuatro semanas es cuestión de un minuto.
Qué herramienta
Hay dos familias. Los cortaúñas tipo tijera o guillotina cortan rápido y son lo habitual; conviene que estén afilados, porque uno romo aplasta la uña antes de cortarla y eso duele y asusta. Y las limas rotatorias, que desgastan en vez de cortar: tardan más, hacen ruido y vibran, pero permiten ir milímetro a milímetro con muy poco riesgo de tocar el vaso, y son la mejor opción para uñas oscuras y para perros que ya han tenido un mal día con las tijeras. Sea cual sea, ten a mano polvo hemostático o, en su defecto, harina de maíz o una barra de lápiz de afeitado: si sangra, se aplica con presión unos segundos y suele parar rápido.
El error de empezar por la uña
Casi todo el mundo intenta cortar la primera vez sujetando al perro y agarrándole la pata, y ahí empieza el problema. Coger una pata y sostenerla es, para muchos perros, incómodo de por sí: les quita equilibrio y les impide moverse. Si además viene seguido de un pinchazo, la conclusión es evidente. La forma que funciona es separar las dos cosas y construir por pasos, con el cortaúñas fuera de escena al principio. Primero que el contacto con las patas sea rutina agradable, luego que la herramienta exista sin usarse, luego que toque sin cortar, y solo entonces cortar una uña. Suena lento y son unos días; comparado con años de peleas, sale barato.
El plan en siete pasos
Uno: tocarle una pata un segundo y premio, varias veces al día, hasta que le dé igual o le guste. Dos: sostener la pata dos segundos y premio. Tres: separar un dedo con los dedos y premio. Cuatro: enseñarle el cortaúñas sin tocarle, premio; que solo verlo prediga comida. Cinco: apoyar el cortaúñas en una uña sin cortar, premio. Seis: cortar una sola uña, fiesta enorme y se acabó la sesión, aunque queden diecinueve. Siete: ir sumando uñas por sesión. Cada paso se repite varios días y solo se avanza cuando el anterior es aburrido. La regla de oro es terminar siempre antes de que el perro se ponga tenso, no después.
Si ya lo odia
Si tu perro ya se pone a temblar cuando ve el cortaúñas, no sirve de nada insistir con el mismo plan: hay una asociación negativa hecha y hay que deshacerla. Se empieza mucho más atrás: guarda el cortaúñas durante unas semanas, trabaja solo la manipulación de patas con premios, y cuando eso esté sólido, reintroduce la herramienta como si fuera nueva, cambiando incluso el modelo —pasar a lima rotatoria ayuda porque no se parece a lo anterior— y el lugar donde lo haces. También funciona hacerlo de otra manera: algunos perros se dejan mucho mejor tumbados de lado, o con alguien dándoles crema de cacahuete sin xilitol de una cuchara, o después de un paseo largo. Y mientras tanto, que se las corte el veterinario o la peluquería.
Lo que hace el asfalto por ti
Un perro que camina a diario por superficies abrasivas —acera, asfalto, caminos de piedra— desgasta las uñas de forma natural y necesita menos cortes, a veces casi ninguno en las delanteras. Los perros que solo pisan césped, tierra blanda o el parquet de casa las llevan siempre largas. Eso explica por qué un perro de campo puede no necesitar cortaúñas y uno de piso lo necesita cada tres semanas. Lo que no cambia son los espolones, que no tocan el suelo nunca y hay que revisar sí o sí, y las uñas traseras, que suelen desgastarse menos que las delanteras. Un paseo largo por acera antes de cortar además ablanda un poco la uña y facilita el corte.
Aprovecha para revisar el resto de la pata
Ese minuto con la pata en la mano es la ocasión perfecta para mirar lo que normalmente no se mira. Las almohadillas: grietas, cortes, cuerpos extraños, dureza excesiva. Entre los dedos: espigas en verano, enrojecimiento, pelo apelmazado, zonas húmedas que indican que se lame ahí. El pelo que crece entre las almohadillas en razas peludas, que conviene recortar porque hace resbalar sobre suelos lisos y acumula barro. Y el olor: unas patas que huelen a rancio suelen tener levaduras, y eso va asociado a alergia y merece consulta. Muchos problemas de piel se detectan primero en las patas porque es donde el perro se lame.
La manipulación como inversión
Enseñar a un perro a dejarse tocar no es solo para las uñas. Un perro que tolera que le abran la boca, le miren las orejas, le toquen las patas y le sujeten la cabeza hace la vida más fácil a todo el mundo: al veterinario, que puede explorarlo sin sedación; a la peluquería; y a ti, el día que haya que darle una pastilla, ponerle un colirio o revisarle una herida. Y sobre todo se la hace más fácil a él, que pasa de vivir esas situaciones como un forcejeo a vivirlas como una rutina. Diez minutos a la semana repartidos en ratos de un minuto durante los primeros meses son, probablemente, la mejor inversión de tiempo que se puede hacer con un cachorro.
Cachorros: la ventana que no vuelve
Con un cachorro esto es casi trivial y casi nadie lo aprovecha. Durante sus primeras semanas en casa, tocarle las patas, los dedos, las orejas y la boca es una experiencia neutra que se puede convertir en agradable con muy poco esfuerzo: unos segundos al día, siempre asociados a comida o a caricias que le gusten. Si además el cortaúñas aparece de vez en cuando sin usarse y prediciendo premios, el día que haya que cortar de verdad no habrá nada que superar. Conviene hacerlo antes de que haga falta, porque la primera vez que le cortas las uñas a un cachorro de tres meses no es una urgencia: si sale mal, has fabricado un problema para los próximos doce años. Y esto sirve igual para el cepillo, el secador, el bozal y el transportín: todo lo que un perro adulto tendrá que tolerar se enseña barato ahora y caro después.
Si nada de esto funciona
Hay perros, sobre todo adoptados de adultos con historia desconocida, que no llegan a tolerarlo por mucho que se trabaje. En esos casos la solución razonable no es forzar cada tres semanas, sino delegar: la mayoría de las peluquerías caninas lo hacen por poco dinero y en un minuto, y el veterinario también. Y si ni así, existe la opción de sedación suave en clínica para los casos extremos, que es preferible a un perro aterrorizado sujetado entre tres personas o a unas uñas que se clavan. Lo que no es una opción es dejarlas crecer indefinidamente, porque el problema deja de ser el mal rato del corte y pasa a ser cómo apoya y cómo le duelen las articulaciones.
Si oyes las uñas al andar por baldosa, están largas. Corta poco y a menudo, porque el vaso se retrae con el tiempo, y construye la tolerancia por pasos empezando por tocarle las patas, no por cortar.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.