Educar en positivo o a la antigua: lo que dice la evidencia
La discusión suele plantearse como una cuestión de sensibilidad, y en realidad es una cuestión de eficacia: los métodos aversivos también funcionan, y ese es justo el problema.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
El mito del que todo depende
Durante décadas se educó a los perros bajo la idea de que son lobos jerárquicos que intentan dominar a su familia, y que había que ser el macho alfa. Esa teoría venía de observaciones de lobos en cautividad de los años cuarenta, grupos artificiales de animales sin relación entre sí y encerrados juntos. Cuando se estudió a los lobos en libertad se vio otra cosa: las manadas son familias, y lo que se interpretaba como jerarquía a golpes era en realidad una estructura parental. El propio investigador que popularizó el concepto de alfa lo retractó públicamente años después. Y aun así, la idea sobrevive en la cultura popular, y con ella prácticas como tumbar al perro boca arriba o comer antes que él, que no tienen ninguna base.
Qué significa exactamente cada cosa
Conviene aclarar los términos porque se usan mal. Refuerzo positivo es añadir algo agradable cuando hace lo que quieres: comida, juego, caricias. Castigo positivo es añadir algo desagradable cuando hace lo que no quieres: un tirón, un grito, una descarga. Refuerzo negativo es retirar algo desagradable cuando obedece, que es como funciona un collar de púas: la presión cesa cuando el perro cede. Castigo negativo es retirar algo agradable, como dejar de jugar cuando muerde demasiado fuerte. La educación en positivo se apoya en el primero y el cuarto; la tradicional, en el segundo y el tercero. Los cuatro modifican conducta, y ese es justo el motivo por el que hace falta mirar los datos y no solo la experiencia personal.
Lo que muestran los estudios
La literatura de los últimos veinte años es bastante consistente. Los perros entrenados con métodos aversivos muestran más señales de estrés durante el entrenamiento y también fuera de él, mayores niveles de cortisol, más conductas de evitación y una relación más pobre con su persona en pruebas de comportamiento. Varios trabajos encuentran además asociación entre el uso de castigo y una mayor frecuencia de conductas agresivas y de miedo. En cuanto a eficacia, los estudios comparativos no muestran ventaja del castigo: los perros entrenados en positivo aprenden igual o mejor, y responden más rápido a órdenes nuevas. Es decir, la opción menos dura no es la menos eficaz, que es lo que mucha gente asume por defecto.
Por qué el castigo parece funcionar tan bien
Porque funciona, a corto plazo y de forma espectacular. Un perro que recibe un tirón fuerte cuando ladra deja de ladrar en ese instante, y quien lo aplica ve un resultado inmediato que refuerza su convicción. El problema está en lo que no se ve: el perro ha aprendido a suprimir una conducta en presencia de quien castiga, no a comportarse de otro modo. Y sobre todo, no ha cambiado la emoción de fondo. Un perro que ladra por miedo y aprende a no ladrar sigue teniendo miedo, solo que ahora sin aviso. De ahí salen los perros que muerden «sin previo aviso», que casi siempre avisaron durante meses hasta que alguien les enseñó a no hacerlo.
Collares eléctricos, de púas y de ahogo
Son la aplicación extrema de lo anterior. El collar eléctrico, además del daño directo, tiene un problema de asociación: el perro no siempre relaciona la descarga con su conducta, sino con lo que esté mirando en ese momento, que puede ser un niño, otro perro o un coche. Ahí se fabrican miedos nuevos. El de púas y el de ahogo causan daño físico documentado en tráquea, cuello y tiroides, especialmente en perros que tiran. Su uso está restringido o prohibido en varios países europeos y la normativa española actual limita los métodos que causan sufrimiento. Y hay un argumento práctico además del ético: si un perro necesita dolor para no hacer algo, el problema de fondo sigue intacto el día que no lleve el collar.
Qué es entonces educar en positivo, bien hecho
No es permisividad ni dar chuches sin criterio, que es la caricatura habitual. Es un método con reglas: se decide qué conducta se quiere, se refuerza sistemáticamente cuando aparece, se gestiona el entorno para que la conducta indeseada no pueda practicarse, y se enseña una alternativa concreta en su lugar. Un perro que salta encima aprende que sentarse abre la puerta y saltar la cierra. Un perro que tira de la correa aprende que la correa floja avanza y la tensa para el paseo. Hay límites, hay estructura y hay consecuencias; lo que no hay es dolor ni intimidación. Bien aplicado es más exigente para la persona, porque obliga a pensar qué quieres que haga en vez de limitarte a decirle que no.
Y cuando el perro hace algo peligroso ahora mismo
Una crítica razonable a la educación en positivo es que suena bien en teoría y no resuelve la urgencia: el perro va a cruzar la calle, o ha cogido algo tóxico. Aquí conviene distinguir entre gestión y educación. Gestionar es impedir físicamente el problema en el momento: correa, puerta, apartarlo, quitarle lo que tiene. Eso se hace siempre, sin dudar, y no es castigo, es seguridad. Educar es lo que haces el resto del tiempo para que esa situación deje de darse. Confundir ambas cosas lleva a dos errores opuestos: al que no interviene nunca por miedo a ser aversivo, y al que convierte cada gestión de emergencia en una lección a base de tirones.
Cómo elegir un educador
Es un sector sin colegio profesional ni titulación obligatoria en España, así que cualquiera puede ponerse el cartel. Preguntas que filtran bastante: qué formación tiene y dónde, qué método usa y qué hace exactamente cuando el perro se equivoca. Si la respuesta a esa última incluye tirones, collares eléctricos, tumbarlo o «hacerle ver quién manda», sigue buscando. Pide ver una clase antes de apuntarte y fíjate en los perros: cuerpos sueltos, colas que se mueven y perros que van hacia el educador son buena señal; cuerpos rígidos, orejas bajas y perros que se apartan, mala. Y desconfía de quien garantice resultados en un número fijo de sesiones o de quien no quiera que estés presente durante el trabajo con tu perro.
Los casos difíciles: agresividad y miedo serio
Aquí no basta con un educador, por bueno que sea. Un perro que muerde, que tiene miedos incapacitantes o que ha cambiado de conducta de forma brusca necesita primero una valoración veterinaria: el dolor crónico, los problemas de tiroides o el deterioro cognitivo producen cambios de comportamiento que ningún entrenamiento va a arreglar. Después, si procede, un veterinario etólogo, que es un veterinario especializado en conducta y puede combinar modificación de conducta con medicación cuando hace falta. La medicación en estos casos no es una derrota ni convierte al perro en un zombi: baja el nivel de ansiedad lo suficiente para que el aprendizaje sea posible, que es exactamente lo que un perro aterrorizado no puede hacer.
Lo que puedes hacer hoy sin saber nada de esto
Tres cosas cambian mucho y no requieren método. Primera: premia lo que te gusta en vez de esperar a corregir lo que no. La mayoría de la gente ignora a su perro cuando está tranquilo y solo le habla cuando molesta, lo que enseña que molestar da atención. Segunda: cuando quieras que deje de hacer algo, pregúntate qué quieres que haga en su lugar y enséñale eso. «No» no es una instrucción. Y tercera: cubre lo básico antes de entrenar nada, porque un perro sin ejercicio, sin olfato y sin descanso no está en condiciones de aprender. Mucho de lo que se etiqueta como desobediencia es un perro que lleva tres días sin salir de verdad.
El adolescente que parece haberlo olvidado todo
Entre los seis y los dieciocho meses, muchos perros atraviesan una etapa en la que parece que nada de lo aprendido sigue ahí: dejan de venir cuando se les llama, prueban límites que ya estaban claros y se distraen con todo. Es el equivalente canino de la adolescencia, con cambios hormonales y una reorganización cerebral real detrás, y es el momento en que más perros acaban en protectoras porque la familia concluye que ha salido malo. No ha salido malo: está en una fase, y la fase pasa. Lo que hay que hacer es exactamente lo contrario de endurecer el método: volver a facilitar las cosas, bajar el nivel de exigencia, pagar mejor los aciertos y usar más gestión —correa larga, entornos controlados— hasta que el agua vuelva a su cauce. Aguantar bien esos meses determina buena parte de cómo será el perro adulto.
La conclusión, sin evangelizar
No hace falta abrazar ninguna causa para llegar a la parte práctica. Si dos métodos consiguen resultados parecidos y uno de ellos está asociado en la literatura con más estrés, más miedo y más agresividad, la elección es sencilla por pura gestión de riesgos, aunque el bienestar del perro te diera igual, que no es el caso. Y si alguna vez has dado un tirón o has gritado, no eres un mal dueño: casi todos lo hemos hecho, porque es lo que se enseñaba y porque a veces uno está harto. Lo relevante no es el historial, es qué se hace a partir de ahora, y en esto los perros son sorprendentemente generosos.
Lo del macho alfa se basó en lobos en cautividad y su propio autor lo retractó. Los métodos con castigo funcionan a corto plazo y se asocian a más miedo y más agresividad; los de refuerzo obtienen resultados iguales o mejores. Y «no» no es una instrucción: enseña qué hacer en su lugar.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.