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28 de septiembre de 2026 · 8 min de lectura

Leishmaniosis en perros: la enfermedad que traen los mosquitos

No la transmite la garrapata ni el contacto con otro perro: la transmite un mosquito muy pequeño que vuela en silencio entre mayo y octubre. Es la enfermedad que más conviene entender si vives en España.

Qué es y quién la transmite

La leishmaniosis canina está causada por un parásito microscópico, Leishmania infantum, que vive dentro de las células del sistema inmunitario del perro. No se contagia de perro a perro, ni por compartir comedero, ni por lamerse. El transmisor es el flebotomo, un mosquito diminuto, de dos o tres milímetros, de color claro, que vuela sin zumbido apreciable y que pica sobre todo al atardecer y durante la noche, de mayo a octubre aproximadamente, aunque en el sur y en las islas el periodo se alarga. Pica a un perro infectado, recoge el parásito y lo inocula en el siguiente al que pique. Eso explica dos cosas importantes: que la prevención consista en evitar picaduras, y que tener el perro siempre en casa no lo proteja si las ventanas no tienen mosquiteras adecuadas.

Dónde hay riesgo en España

Prácticamente en toda la península hay flebotomos, con más presencia en la mitad sur, el Levante, las islas Baleares y las zonas de clima mediterráneo en general, y menor incidencia en la cornisa cantábrica y zonas de montaña, aunque el mapa se ha ido ampliando con los años y con las temperaturas más suaves. Hay focos importantes en la Comunidad de Madrid, y muchos casos en Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia, Extremadura y Baleares. Vivir en ciudad no protege: el flebotomo cría en grietas de muros, materia orgánica y lugares húmedos y oscuros, y eso hay en cualquier barrio. La conclusión práctica es sencilla: en España, asumir que tu perro está en zona de riesgo es más seguro que asumir lo contrario, y la prevención se plantea todos los años.

Por qué unos perros enferman y otros no

Aquí está lo que más confunde a la gente. Estar infectado y estar enfermo no son lo mismo. Muchos perros de zona endémica se infectan y su sistema inmunitario controla el parásito durante años, o toda la vida, sin dar síntomas. Otros, con una respuesta inmunitaria distinta, desarrollan la enfermedad, a veces meses o años después de la picadura. Influye la genética —hay razas con mayor predisposición, como el Bóxer, el Pastor Alemán o el Cocker, mientras que el Podenco Ibicenco parece especialmente resistente—, la edad, el estado general y otras enfermedades concurrentes. Por eso un resultado positivo en un análisis no es automáticamente una sentencia ni significa que el perro esté enfermo hoy: hay que interpretarlo con el cuadro clínico y con otras pruebas, y eso es trabajo del veterinario.

Los síntomas que hay que mirar

La leishmaniosis es lenta y silenciosa, y sus señales se confunden con las de otras cosas. Las más frecuentes son cutáneas: caspa abundante y seca, sobre todo en la cabeza; pérdida de pelo alrededor de los ojos, que da un aspecto de gafas; heridas que no cierran en las orejas o en las puntas de las patas; y un crecimiento exagerado de las uñas, muy característico. Después vienen las generales: adelgazamiento pese a comer bien, apatía, cojeras que van y vienen, ganglios inflamados, sangrados de nariz. En fases avanzadas aparece daño renal, que es lo que de verdad determina el pronóstico, y puede pasar desapercibido hasta que está muy establecido. Si tu perro vive en zona endémica y aparece cualquiera de esas señales, la leishmaniosis entra en la lista de sospechas desde el principio.

Cómo se diagnostica

Hay pruebas rápidas de clínica que detectan anticuerpos y dan una orientación en minutos, y hay pruebas de laboratorio cuantitativas, que miden cuántos anticuerpos hay, que son las que de verdad permiten decidir. A eso se suman una analítica de sangre completa, un perfil bioquímico con función renal y hepática, y un análisis de orina con medición de proteínas, que es clave porque el riñón es el órgano que marca el pronóstico. En algunos casos se buscan directamente los parásitos en muestras de ganglio o de médula. Con todo eso, el veterinario clasifica al perro en una de cuatro fases, y de esa clasificación depende el tratamiento. Es importante entender que una prueba rápida positiva, por sí sola, no basta ni para tratar ni para asustarse: es el punto de partida.

Qué significa el tratamiento, y qué no

La leishmaniosis canina se trata, y muchos perros viven años con buena calidad de vida, pero conviene decirlo claro: el tratamiento no elimina el parásito del organismo. Lo que se consigue es reducir la carga parasitaria, controlar los síntomas y proteger los órganos. La pauta habitual combina dos fármacos durante unas semanas, seguida de un tratamiento de mantenimiento prolongado, a menudo de por vida, y controles periódicos de anticuerpos y de función renal. El coste no es menor: entre medicación y revisiones, un perro en tratamiento supone un gasto continuado que conviene tener en cuenta, y es una de las razones por las que merece la pena mirar con calma qué cubren los seguros en este apartado. Los perros que llegan pronto y con el riñón sano tienen un pronóstico razonablemente bueno; los que llegan con daño renal establecido, mucho peor.

La prevención que de verdad funciona

El pilar es impedir la picadura, y ahí los productos que funcionan son los repelentes con efecto antipicadura, no cualquier antiparasitario. Los collares con deltametrina y las pipetas con permetrina son los que han demostrado reducir de forma clara la transmisión, y hay que usarlos durante toda la temporada de flebotomo, respetando la duración real que indica el fabricante y reponiendo a tiempo. Un detalle importante: la permetrina es tóxica para los gatos, así que en casas con ambos hay que elegir con cuidado y consultar. A eso se suman medidas ambientales de sentido común: evitar los paseos largos al atardecer y de noche en los meses de riesgo, no dejar al perro durmiendo fuera en verano, y poner mosquiteras de malla fina, porque el flebotomo pasa por las normales. Combinar repelente y rutinas reduce muchísimo el riesgo.

La vacuna y lo que cabe esperar de ella

Existen vacunas frente a la leishmaniosis canina, y también moduladores inmunitarios que se usan como apoyo. Lo que hacen es reducir la probabilidad de que un perro infectado desarrolle la enfermedad, no impedir la infección. Por eso, la vacuna nunca sustituye al repelente: se suman. Antes de vacunar hay que comprobar que el perro es negativo, y la pauta y los recuerdos anuales los marca el veterinario según el producto. Vale la pena plantearlo especialmente si vives en zona de alta incidencia, si tu perro pasa mucho tiempo fuera o si es de una raza con predisposición. Y vale la pena preguntar sin prisa, porque en este tema circula mucha información confusa y la decisión razonable depende de dónde vives y de cómo es la vida de tu perro.

¿Y puede contagiarme a mí?

Es la pregunta que aparece siempre, y la respuesta tranquiliza: tu perro no te va a contagiar por convivir con él. La transmisión al ser humano también requiere la picadura del flebotomo, y en personas sanas la infección rara vez produce enfermedad. Sí existe riesgo mayor en personas inmunodeprimidas, y en ese caso conviene extremar la prevención de picaduras en toda la casa, para las dos especies. Lo que no está justificado, en ningún caso, es abandonar o sacrificar a un perro por un resultado positivo: es una enfermedad tratable, no contagiosa por contacto, y con perros que viven años con normalidad. Si alguien te lo plantea en esos términos, pide una segunda opinión veterinaria antes de tomar cualquier decisión.

Cómo es la vida real con un perro positivo

Menos dramática de lo que suena al principio. Un perro en fase inicial y bien controlado hace la misma vida que cualquier otro: pasea, juega, corre y come igual. Lo que cambia es la rutina de fondo. Hay una medicación de mantenimiento que en muchos casos es diaria y hay que dar sin fallar, normalmente mezclada con la comida. Hay revisiones periódicas, al principio cada tres o cuatro meses y luego, si todo va bien, cada seis o doce, con analítica de sangre y de orina para vigilar el riñón. Hay que estar atento a señales de recaída: uñas que crecen demasiado rápido, caspa que vuelve, pérdida de peso, más sed de la normal. Y hay que seguir usando repelente, porque un perro positivo puede infectar a otros a través del mosquito. No es una vida limitada: es una vida con calendario.

Adoptar un perro positivo

En las protectoras españolas hay muchísimos perros positivos, y suelen ser los que más tiempo pasan esperando porque la palabra asusta. Merece la pena plantearlo con datos. Un positivo asintomático o en fase inicial, con el riñón sano, puede vivir años perfectamente y su día a día se parece al de cualquier perro. Lo que hay que saber antes de decidir es el compromiso económico —medicación y controles suponen un gasto recurrente que conviene calcular con números concretos, no a ojo— y que ese gasto no desaparece. También conviene pedir a la protectora el informe completo: en qué fase está, qué valores de riñón tiene y qué tratamiento lleva. Con esa información, la decisión deja de ser un salto al vacío y pasa a ser lo que debe ser: una cuenta y una elección informada.

Lo que importa

Si vives en España, asume que tu perro está en zona de riesgo: collar o pipeta repelente durante toda la temporada de mosquito, paseos cortos al atardecer en verano y análisis anual. Un positivo no es una sentencia, pero llegar tarde al riñón sí cambia el pronóstico.

Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.

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