Cómo enseñar trucos básicos a un perro: sienta, tumbado, pata
Enseñar trucos a un perro no es solo para presumir: es la mejor forma de cansar su mente, reforzar vuestro vínculo y tener un perro que te presta atención. Y lo mejor es que es facilísimo si entiendes el método, que es siempre el mismo: guiar, premiar y repetir, sin un solo grito.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
Por qué merece la pena enseñarle trucos
Antes de empezar, una idea que lo cambia todo: enseñar trucos no es un capricho, es una de las mejores cosas que puedes hacer por tu perro. Aprender cansa, y mucho: diez minutos de entrenamiento dejan a un perro tan satisfecho como un buen paseo, porque trabajar con la cabeza agota sanamente. Además, cada truco que aprende refuerza vuestra comunicación y vuestro vínculo, le enseña a prestarte atención, y le da seguridad. Un perro que entrena contigo es un perro más equilibrado y más fácil de manejar en el día a día. Y, de paso, os lo pasáis bien los dos, que no es poco.
El principio común a todos los trucos
Aunque cada truco es distinto, el método es siempre el mismo, y entenderlo te permite enseñar cualquier cosa. La idea es sencilla: cuando el perro hace lo que quieres, le das algo bueno (un premio) justo en ese instante, y con la repetición el perro aprende que esa acción le trae recompensa, así que la repite. No se enseña obligando ni castigando, sino premiando lo que sale bien. A esto se le llama refuerzo positivo, y es la forma más rápida, amable y eficaz de enseñar a un perro. Si interiorizas esto (premiar lo bueno en el momento justo), ya sabes enseñar cualquier truco que se te ocurra.
Lo que necesitas para empezar
Poca cosa. Premios pequeños y muy ricos, del tamaño de un guisante, para poder dar muchos sin empacharlo (trocitos de salchicha, pollo, queso o premios comerciales blandos). Un sitio tranquilo y sin distracciones para las primeras sesiones. Buen humor y paciencia. Y, opcionalmente, un clicker, ese aparatito que hace clic y que sirve para marcar el momento exacto en que el perro acierta. No es imprescindible: puedes usar una palabra corta como «¡sí!» en su lugar. Lo importante no es el material, sino el momento: premiar en el instante preciso en que el perro hace lo correcto, ni antes ni después.
Sesiones cortas, la clave del éxito
El error más común es hacer sesiones largas pensando que así aprende más rápido. Es al revés: los perros aprenden mucho mejor en sesiones cortas y frecuentes. Cinco o diez minutos, dos o tres veces al día, valen muchísimo más que media hora seguida, que solo consigue aburrir y saturar al perro. Termina siempre cuando el perro todavía tiene ganas y en un acierto, para que se quede con buen sabor de boca y vuelva motivado la próxima vez. Si notas que se despista o se frustra, es que la sesión ha durado demasiado. Poquito y a menudo: esa es la receta del aprendizaje canino.
El «sienta», el primero de todos
Empieza por el más fácil y útil. Ponte frente al perro con un premio en la mano cerrada. Acerca la mano a su nariz para que lo huela y, despacio, súbela por encima de su cabeza hacia atrás: al seguir el premio con la mirada, el perro levanta la cabeza y, de forma natural, baja el culo hasta sentarse. En cuanto el culo toca el suelo, dices «¡sí!» (o clic) y le das el premio. Repite varias veces. Cuando lo haga con soltura, añade la palabra «sienta» justo antes de mover la mano. Poco a poco, el perro asociará la palabra con la acción y se sentará solo al oírla.
El «tumbado», desde el sienta
Con el perro ya sentado, lleva un premio desde su nariz hacia el suelo, entre sus patas delanteras, y luego un poco hacia fuera, como dibujando una ele. El perro seguirá el premio bajando el cuerpo hasta tumbarse. En cuanto se eche, marca con «¡sí!» y premia. Si le cuesta y levanta el culo en vez de tumbarse, prueba a hacerlo con el perro junto a tus piernas o bajo una mesa baja que le invite a agacharse. Cuando lo haga con fluidez, añade la palabra «tumbado» antes del gesto. Es un truco muy útil para que el perro se relaje y se quede tranquilo en sitios como un bar.
El «quieto», que pide paciencia
El «quieto» (o «quédate») es más difícil porque consiste en no hacer nada, que para un perro es un reto. Con el perro sentado o tumbado, di «quieto» con la mano abierta delante, espera un segundo, y si no se mueve, premia. La clave es ir subiendo la dificultad muy poco a poco: primero un segundo, luego dos, luego tres; después das un pasito atrás y vuelves; más adelante te alejas más y más tiempo. Si el perro se mueve, no pasa nada, simplemente vuelves a empezar con menos exigencia. La paciencia es todo: subir demasiado rápido es la causa de que el «quieto» no cuaje.
Dar la pata y chócala
Los trucos más vistosos y de los más fáciles. Con el perro sentado, enséñale el premio en la mano cerrada a la altura de su pecho. Muchos perros, al no poder cogerlo con la boca, levantan una pata para tocar tu mano: en cuanto la toque, «¡sí!» y premio. Repite y añade la palabra «pata». Si no levanta la pata solo, puedes tocarle suavemente detrás de la pata para animarle. Una vez domina «dar la pata», «chócala» sale solo: pones la mano un poco más alta y abierta, y premias cuando la choca. Son trucos que encantan a los niños y que al perro le resultan sencillos y divertidos.
El clicker: qué es y cómo usarlo
El clicker merece una explicación porque es una herramienta estupenda. Es un aparatito que hace un «clic» siempre igual, y sirve para marcar con total precisión el instante exacto en que el perro acierta, mejor que la voz. Primero hay que «cargarlo»: haces clic y das un premio, varias veces, hasta que el perro entiende que clic significa premio. A partir de ahí, en vez de premiar directamente, haces clic en el momento justo de la acción correcta y luego das el premio. Esa precisión acelera el aprendizaje. No es imprescindible, pero si te enganchas al entrenamiento, el clicker hace maravillas, sobre todo con trucos más finos.
Retirar el premio poco a poco
Una duda habitual: «¿tendré que llevar premios toda la vida?». No. Los premios son muletas para enseñar, y una vez el perro domina un truco, se van retirando poco a poco. Pasas de premiar siempre a premiar de forma salteada (unas veces sí, otras no), lo que de hecho motiva aún más al perro, como una máquina tragaperras. Y sustituyes muchos premios de comida por caricias, juego y tu voz de felicitación. Al final, el perro hace el truco por costumbre y por la recompensa ocasional. Pero al principio, sé generoso con los premios: tacañear con la comida al enseñar es la mejor forma de que el perro no se motive.
Lo que NO debes hacer
No grites ni castigues al perro si no lo hace o se equivoca: entrenar tiene que ser divertido, y un perro asustado no aprende, se bloquea. No repitas la orden diez veces seguidas («sienta, sienta, sienta, SIENTA»), porque le enseñas que la palabra no hay que obedecerla a la primera; dila una vez y espera. No hagas sesiones largas ni entrenes cuando estás de mal humor o el perro está cansado o excitado. Y no pongas la palabra (el «sienta») hasta que el perro haga el gesto con fluidez, porque si no la asocia a nada. Entrenar bien es un juego cooperativo, nunca una imposición.
Generalizar: que obedezca en todas partes
Un fenómeno que sorprende a muchos: el perro aprende «sienta» en el salón perfectamente, pero en el parque te ignora. No te está vacilando; es que los perros no generalizan como nosotros, y para ellos «sienta en el salón» y «sienta en el parque con mil distracciones» son casi dos cosas distintas. La solución es practicar cada truco en sitios diferentes y con distracciones crecientes: primero en casa, luego en el jardín, luego en la calle tranquila, luego en el parque. Así el perro aprende que la orden vale en cualquier contexto. Hasta que no lo practicas fuera, no esperes que obedezca fuera.
Hazlo parte del día a día
Los trucos no tienen por qué quedarse en sesiones formales: intégralos en la rutina y gana un perro educado sin esfuerzo extra. Pídele «sienta» antes de ponerle la comida, antes de salir por la puerta, antes de cruzar. Pídele «quieto» mientras le pones la correa. Usa el «tumbado» para que se relaje mientras coméis. Así, además de practicar, le enseñas autocontrol y buenos modales en situaciones reales, y el perro entiende que hacerte caso forma parte de la vida y trae cosas buenas. Un perro al que se le piden cositas a lo largo del día es un perro atento, tranquilo y conectado contigo.
En resumen
Resumiendo: enseñar trucos cansa la mente del perro, refuerza vuestro vínculo y te da un perro atento, y es fácil porque el método es siempre el mismo: guiar al perro a la postura con un premio, marcar el acierto con «¡sí!» o un clic, premiar al instante y repetir, añadiendo la palabra solo cuando ya sale el gesto. Sesiones cortas y frecuentes, premios ricos y pequeños, cero gritos y mucha paciencia. Empieza por el «sienta», sigue con «tumbado», «quieto», «pata» y «chócala». Practica en sitios distintos para que generalice, y ve retirando los premios poco a poco. Pura diversión para los dos.
Enseñar trucos cansa la mente del perro y refuerza el vínculo, y es fácil porque el método es siempre el mismo: guiar al perro a la postura con un premio, marcar el acierto con «¡sí!» o un clic, premiar al instante y repetir, poniendo la palabra solo cuando ya sale el gesto. Sesiones cortas (5-10 min), premios pequeños y ricos, cero gritos. Empieza por «sienta» y «tumbado». Practica en sitios distintos para que obedezca en todas partes.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.